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DESPUÉS DE LA LLUVIA

Ernest Hemingway

Llovía mucho cuando pasamos por los suburbios de Génova, y aun cuando viajábamos muy lentamente detrás de los tranvías y los camiones, el barro salpicaba las aceras y la gente que andaba en ellas se refugiaba en los portales cuando nos acercábamos. En Pier d’Arena, suburbio industrial de Génova, hay una calle amplia con tránsito doble, como una avenida, y tuvimos que viajar por el centro de la calzada para evitar así el salpicar a los hombres que volvían de su trabajo. A nuestra izquierda estaba el Mediterráneo. El mar estaba agitado, las olas estallaban y el viento lanzaba el agua pulverizada contra el coche. El lecho de un río -que cuando pasamos por él a llegar a Italia estaba seco y pedregoso- iba ahora lleno de agua turbia y corría en dirección a la ribera. Su agua pardusca oscurecía el mar, y las olas al chocar contra la corriente, disminuían su violencia. La luz llegaba por encima del agua amarillenta y las crestas de las olas, batidas por el viento, azotaban el camino. A nuestro lado pasó velozmente un gran automóvil y una sábana negra de agua lodosa se alzó entre sus ruedas, cayendo sobre el radiador y el parabrisas. El limpia parabrisas automático se movía rápidamente, extendiendo la capa de lodo sobre el vidrio. Nos detuvimos y almorzamos en Sestri. No había calefacción en el restaurante y nos quedamos con el abrigo y el sombreo puestos. Desde adentro podíamos ver el coche cubierto de barro y detenido al lado de algunos botes que habían sido arrastrados hasta allí por el agua. En el restaurante hacía tanto frío que podía verse el vapor de la respiración. La pastaciutta era buena; el vino tenía gusto a alumbre y lo mezclamos con agua. El camarero nos trajo carne con patatas fritas. Un hombre y una mujer se hallaban sentados en el extremo más alejado del restaurante. Ella era joven y estaba vestida de negro; él de edad madura. Durante toda la comida, ella arrojó su aliento al aire húmedo y frío. El hombre miraba el vapor y movía la cabeza. Comían sin hablar, y él le oprimía la mano por debajo de la mesa. Ella era bonita y ambos parecían tristes. A su lado había una maleta de viaje. Habíamos comprado periódicos, y leí en voz alta a Guy las crónicas de la lucha en Shangai.

 

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